Percepciones

—Has cambiado —me dijo una amiga hace unos días.

—No he cambiado —contesté—, lo que pasa es que ahora estoy sana.

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Cerrando un ciclo

Con 19 años me fui al Camino de Santiago y, en mitad de alguna parte entre Jaca y Compostela, entré en una farmacia para comprar alcohol de romero, para las ampollas. Mientras me atendían, vi una báscula y decidí pesarme. Esa báscula, tan moderna, tan diabólica, me devolvió un papelito con mi peso y con un baremo que aseguraba que mi peso ideal era 10 kilos menor del actual, por mi edad, por mi altura, por la maldita y estúpida idea de quién decidiera poner semejante barbaridad en el cálculo de una báscula. Fue la primera vez que se implantó en mi cabeza la idea de que estaba gorda.

Quien me conoce sabe que, ante un problema, busco soluciones. A la desesperada muchas veces, pero las busco. No me suelo lamer las heridas más tiempo del necesario. Y ante el “estoy gorda” solo encontré una solución: adelgazar.

La primera vez que me planteé hacer dieta fue un año después del encuentro con la báscula. Acababa de llegar a Alemania. Me había independizado. Había empezado a convivir con mi pareja de entonces. Comencé a trabajar. A falta de uno, junté cuatro de los factores que pueden desencadenar un trastorno de la conducta alimentaria.

La dieta que empecé dio paso, en pocos meses, a la enfermedad que me ha torturado durante estos años y que he curado completamente.

Doce años después, me encuentro con que peso algunos kilos más que la cifra que me dio aquella báscula del demonio, aunque esta vez no puedo decir exactamente cuánto: hace por lo menos dos años que no me subo a una báscula. Sé que he engordado porque ahora mis ojos me ven con una normalidad de la que me enorgullezco: que no distorsionen tu cuerpo mientras lo observas es una sensación muy bonita; ahora, aunque me vea engordar, me asombra mi cuerpo; es una especie de hipnosis que proviene de saber que durante muchos años no has mirado tu verdadero cuerpo, sino que tus ojos veían algo monstruoso que solo existía en tu mente. También sé que he engordado por una razón, digámoslo así, algo más prosaica: no me entran los pantalones que me compré hace un año.

Ante esta situación, llevo unas semanas decidiendo si hago dieta o no. He engordado y la solución a ello es adelgazar. Ya. He empezado a hacer ejercicio, que mal no me viene porque mi forma física da un poco de pena. Pero no es suficiente. Y ante la duda de si dejo de comer esto o aquello, mi instinto está muy bien adiestrado: no voy a dejar de comer absolutamente nada; no existen alimentos prohibidos; no voy a caer en ese círculo vicioso de las dietas insanas. Por mucho que ya esté curada, tampoco se trata de tentar a la suerte.

Pero, ¿y entonces? ¿Me conformo con un cuerpo con el que no estoy a gusto del todo? ¿Podría aceptar mi cuerpo de una santa vez pesara lo que pesara? ¿Sirve de algo toda esta retahíla desesperante de preguntas que llevan siempre al mismo punto? Sí, ya sé que la aceptación de mi cuerpo no debería depender de lo delgada o lo gorda que esté. Pero, y aquí está el quid de la cuestión, por qué diantres debería de conformarme con algo que no me gusta si está a mi alcance conseguir lo que quiero. ¿Tan absurdo es querer volver a mi normopeso? Porque lo tengo y solo hace un año que lo abandoné, debido en gran medida por el movimiento bascular que me ha llevado a comer todo lo que durante tantos años estuvo prohibido.

Así pues, y cómo es la vida, carajo, me encuentro en el mismo punto en el que me hallaba aquella mañana remota en la que me subí a una báscula en una farmacia en algún lugar entre los Pirineos y la Costa de la Muerte. He engordado y quiero adelgazar. ¿Qué hago? Es sencillo: llamar a mi nutricionista y pedirle ayuda.

No, no voy a recaer. De hecho, creo que esta es la demostración de que las cosas se han normalizado. Sin dramas. Sin delirios. Sin estupideces. Si quiero estar a gusto con mi cuerpo, lo mejor es que lo ponga en su peso ideal (el de verdad, no el que me diga una máquina inmunda) y lo ejercite para que pueda subir las escaleras de casa sin ahogarme.

Si puedo lograr esto sin volver a enfermar, habré cerrado un ciclo vital, habré comenzado un nuevo camino, bien distinto al anterior.

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