Más allá de la ciénaga

Rafa duerme, los últimos rescoldos de la chimenea templan el salón que hace unas horas llenaba mi familia; todos alrededor de La vida de Brian con risas que saltaban antes de que llegaran los chistes, de tantas veces que hemos visto la película. Cada uno soportando de la mejor manera la resaca, sin importar lo que pasó, ni lo que vendrá. Solo a la espera de la ironía de los Monty Payton. Benditos sean, que nos han permitido que nos disfrutáramos, como un masaje de cariño, entre risas.

Son las tres de la mañana, ya ha pasado el primer día del año. Rafa duerme en el sofá, suena Fleet Foxes en el tocadiscos y me recuerdo que no me he flagelado con lo que he hecho mal, con lo que no he hecho o con lo que debería de haber dejado de hacer durante el año que se marcha.

—¿Qué tal el 2009, Nebulosa? ¿Ha sido un buen año?

—Sí. Ha sido un año de aprendizaje.

—¿Pero qué, Nebulosa, qué has aprendido en un año tan doloroso?

—Tanto, que necesito contarlo aquí.

Me levanto para dar la vuelta al disco. Me arropan las voces del coro y la guitarra, que me llegan en un murmullo, rotas por los ronquidos de Rafa que hoy no me irritan. Le he ofrecido la mano y la ha aceptado, caminaremos juntos. Como antes. No, como antes, no. Porque ahora entendemos, porque los dos soltaremos amarras y navegaremos a ese mar nuevo y terrorífico, ese que está más allá de cualquier excusa. O al menos lo intentaremos. Juntos.

***

Cuando se ha ido mi familia, hemos discutido, al igual que ayer, que anteayer, que la semana pasada y la anterior. Hasta hartarnos, hasta no querer saber nada el uno del otro.

Con el hastío en el cuerpo, con el odio forjando la rabia, me he mirado adentro. “Puedo gastar todas las palabras del mundo y no nos comprenderemos si no le cuento, si no le ayudo a entender dónde estoy”. Le he mirado un momento, para regresar los ojos enseguida a un punto fijo en quién sabe qué mundo.

—Necesito que dejes de agarrarte a la enfermedad —le he dicho, pero sonaba raquítico, sin esperanza.

No lo ha entendido. ¡Cómo no lo ven! ¡Cómo pueden no verlo! Y he recordado que no hace mucho yo tampoco sabía que una puede agarrarse a una enfermedad para no ocuparse de lo que le duele.

Se ha ido a por tabaco y, al volver, ya sentía esa calma por dentro, ese saber lo que toca y que aquello que iba a decir sería bueno. No culto, ni inteligente, ni mejor, ni peor, solo eso que una sabe que tiene que decir porque romperá la barrera que tú misma te has construido. Y si una rompe barreras, con suerte, el de enfrente también lo hará, aunque te arriesgas a que la reacción no sea la que deseas, sino aquella que tanto temes. Pero en ese instante, en ese claro de luz, yo sabía que tenía que contárselo.

—Dame un voto de confianza en esto que te voy a decir.

Ha asentido con los ojos hinchados del cansancio, alejados. Tan distantes que dolía.

—Se pasan fases, en la recuperación, una atraviesa etapas y el que quiera entender lo que ocurre ha de cruzar por ellas también. ¿Te acuerdas de lo que te dije sobre la charla en la casa de tus padres?

—¿El qué? —ha preguntado con la voz rasposa.

—Eso de que había visto cómo algunos todavía me veían a mí y a Tenia como una misma cosa. Como si yo fuera la enfermedad. —Ha asentido, todavía incrédulo, pero escuchando con los ojos y las manos, con la boca cerrada, a la espera—. He vivido eso, sé lo que es creer que Tenia soy yo, que no hay distancia, ni separación entre nosotras, pero aprendí que la había. Igual que les tocará comprenderlo a ellos, si quieren, quien quiera, para saber qué es un TCA y cómo ayudar a quien lo sufre. Yo misma tuve que comprender que mi enfermedad no soy yo, desvincularme de Tenia para poder mirarla como lo que era. Entonces, pude desmitificarla, aceptar que todo el problema no era la comida, que solo era la excusa. La maldita excusa para no enfrentarme al miedo, para quedarme enganchada ahí, paralizada. —He pegado los brazos al cuerpo y he simulado que no podía moverme—. Me he pasado muchos años revolcándome en el fango y, maldita sea, te he empujado a él. Pero ahora ya no estoy ahí. —Un escalofrío me ha recordado lo cerca que estoy de volver al fango, me he visto, me veo aun ahora, boqueando a la orilla de un lodazal, cubierta de barro, siento el agotamiento en mis músculos, en cada una de las articulaciones que han luchado por salir de allí—. Ya sé que el problema no es la comida, que es lo otro lo que me provocaba los síntomas, que la ansiedad, los atracones, todo, todo eran excusas, malditas excusas para no enfrentarme al miedo, a mis sentimientos, a mí misma. Ahora me toca luchar contra eso. ¡Y vaya si me da pánico! No sé qué fases quedan, muchas, muchas más, no estoy curada, pero he pasado por lo peor. He aprendido a tener confianza en el tratamiento, muy a pesar de Tenia, y los tres profesionales a los que tanto me habéis empujado a que confíe me han asegurado que ese “salir del fango” es uno de los pasos primordiales para curarse. Hasta ahora —le he mirado a los ojos, por primera vez desde que empezara a hablar, y no supe si estaban más cerca o no— has caminado conmigo, me has acompañado en el viaje, pero en este paso, este que prueba que el recorrido tiene un final, aunque no lo vea, no estás conmigo, te has quedado en el fango. —Salen, no quiero llorar, pero las lágrimas me ignoran—. Solo quiero que vengas conmigo a la orilla, que salgas de la ciénaga, te ofrezco mi mano para que sueltes a la maldita enfermedad, para que no te agarres a una excusa y camines a mi lado, que te enfrentes conmigo a nuestros problemas que, Rafa, vienen desde el principio de nuestra relación, no de hace unos meses, ni un par de años, que se basan muchos en esa enfermiza necesidad de complacer tus deseos, aunque tú no me lo pidieras, sin saber de verdad lo que querías o lo que necesitabas, retorciendo cada palabra que dijeras para adaptarla a ese puzle en el que yo era la que te daba todo lo que creía que querías. Todo por evitar lo que más miedo me da: que no me quieras, que no me quieran. —Más lágrimas, menos mal que no me he escuchado y que las he dejado salir, porque limpiaban mis ojos de la distancia que nos había impuesto. Los suyos no me atreví a mirarlos de nuevo—. Comprendimos juntos que yo no era Tenia, la arrinconamos cuando se empeñaba en mostrarse benigna, ahora la he soltado, pero siento que se tira de mí hacia el fango. Lo que está más allá me aterra, pero estoy dispuesta a descubrirlo, a desliar las madejas que se han enredado, que hemos enredado, a nuestro alrededor. No sé que hay más allá de la orilla, pero sí lo que hay en el fondo, por eso te ofrezco mi mano. Sé lo que es estar enganchado a la enfermedad, porque he vivido con ello diez años, pero sobre todo porque la he soltado, porque hace un mes y medio repté hasta la ribera y me dejé caer sobre la tierra, embadurnada todavía del fango con el que tan a gusto me he sentido sin saber que me estaba ahogando. Dame la mano y camina conmigo.

No he sabido leer lo que decía su mirada. ¿Estaba cerca o lejos? Se ha callado. Y no he soportado el silencio, por eso he añadido que aquello que le acababa de decir era lo más sano y verdadero de lo que soy capaz hoy. Y era, es, cierto. El claro de luz se fue ensanchando según hablaba. También el miedo: a que no aceptara la mano tendida, a que prefiriera quedarse con la enfermedad como excusa de todos nuestros males, a que no quisiera caminar a mi lado ese nuevo sendero que no sabemos a dónde nos llevará, que nuestros caminos se separen si no aceptara porque no puedo, no quiero, no me merezco volver al fango. Por miedo, al fin y al cabo, a perderle.

—¿Puedo? —me ha preguntado con la cercanía impregnada en su voz, mientras levantaba la manta con la que yo me había arropado y se sentaba a mi lado. Ha pasado un brazo por encima de mi hombro y he apoyado la cabeza en su pecho.

—Por supuesto.

***

Hace una hora que el disco de Fleet Foxes ha dejado de sonar. Me he levantado a apagar el tocadiscos, he colocado a Rafa en una postura en la que roncara menos, he hecho un amago de irritarme, pero me salían sonrisas.

Quizá fuera gracias a que he sentido el cariño de mi familia, que nos he sentido unidos, que he dejado de subestimar el tesoro que son, lo que me ha permitido romper la barrera, acercarme a Rafa con la mano extendida. O quizá fuera porque he preferido mirar el presente y no machacarme con el pasado, ni con el futuro. O, quién sabe, a lo mejor han sido los dos arco iris que hemos visto mientras subíamos a casa para preparar la comida de año nuevo. O, por qué no, la carta que me ha leído mi prima Marisa en la que decía que dulcificara mis pensamientos para que los sueños se convirtieran en realidad.

Y quizá gracias a que me he permitido expandirme, él ha sacado su luz que irradia un amor cálido y penetrante como el jazmín y ha aceptado que la enfermedad es una excusa y que hay todo un mundo de sufrimiento y felicidad más allá de la ciénaga.

Somos afortunados.

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1 comentario

  1. R said,

    09/01/2010 a 17:23

    me quedo con los pensamientos que se deshacen como un azucarillo
    besos


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