Hazme un favor

De los peores prejuicios con los que me he tenido que enfrentar desde que reconocí  mi enfermedad es, justamente, con el que niega que sea tal, porque, cuando una sufre bulimia, anorexia o cualquier otro tipo de desorden alimenticio y lo hace frente, con lo primero que se encuentra es con la asunción de que eso no es una enfermedad de verdad o con la variedad moderada —aunque igual de tiránica— de que no es tan grave como una enfermedad física —me pregunto si quienes hacen esta distinción llegan a darse cuenta de que no hay nada más físico que la desnutrición—. Quizá sea la primera barrera para la propia recuperación, porque si tu entorno niega que sea una enfermedad, a ver cómo narices lo vas a enfrentar tú. Tuve la suerte de que mi entorno más cercano no compartía este prejuicio: por lo que nunca dudé de que padecía una enfermedad.

A poco que una investigue sobre los trastornos de la conducta alimentaria, se encuentra con la gravedad de los síntomas. Es fácil —y muy, muy cómodo— decirse a uno mismo que «si le diera dos buenas hostias, le quitaría el problema a esta niña». Si no reconoces la enfermedad, no tienes que cuidar a la persona que tienes enfrente, ni asumir que está sufriendo. Incluso te podrías librar de la culpabilidad de ayudarla, porque si no está enferma y lo único que necesita son dos buenas hostias, entonces uno no tiene por qué implicarse. Si lo reducimos a la inmadurez y al capricho o, incluso, a la estupidez, resulta mucho menos angustiosa la certeza de que la personita inmadura, caprichosa y estúpida puede morir de inanición. Como si eso ayudara de algo, mirar a otro lado, digo.

He dicho que en mi entorno más cercano no he sufrido este prejuicio, pero eso no quiere decir que no lo haya vivido. Creo que no hay nada más absurdo —ni situación que provoque mayor impotencia— que cuando tienes que justificar que estás enferma: que sí, que eso es una enfermedad; que, no, no puedes dejar de hacer lo que haces. Ante esto, me quedaba muda y me sentía muy indefensa. Ahora tengo mayores argumentos, permitidme dos:

1. La desnutrición te incapacita intelectual y emocionalmente: ¿realmente crees que si pudiera elegir entre la enfermedad y la salud me quedaría con la primera? ¿Qué mente perversa puede asumir que alguien prefiera vivir con un grado de ansiedad tan insoportable como para desear la muerte? ¿De verdad crees que se puede dejar de tener esa ansiedad si no te alimentas? ¿De verdad crees que con esa desnutrición en el cuerpo tienes fuerzas para pelear con lo que te impide comer? Sí, es un juego malévolo, perverso y horrible: pero no es consciente y no ha sido elegido con libertad.

2. ¿Alguna vez se te ha ocurrido cuestionar que la gripe sea una enfermedad? No, ¿verdad? ¿Entonces por qué narices te atreves a cuestionar que sea una enfermedad algo que mata? ¿Porque es mental? ¿Quién te ha dicho que sea exclusivamente mental? ¿Tan conocedor eres del cuerpo humano como para asumir que una enfermedad mental no es física?  Veamos, si alguien tiene una úlcera y le dicen que es por el estrés, todo el mundo lo acepta como algo lógico; pero, si alguien sufre un trastorno de la conducta alimentaria, no, entonces es que es la tontería de una niña caprichosa que no le da la gana comer. Una enfermedad, por muy mental que sea, no deja de ser una enfermedad; no solo no se elige, sino que tampoco se puede curar por el simple deseo de que se cure: se necesita mucho, muchísimo más.

Así que hazme un favor: la próxima vez que alguien te diga que sufre un trastorno de la conducta alimentaria, apiádate de ella, porque está sufriendo una enfermedad dolorosa y necesita de tu compasión y, sobre todo, de tu comprensión. La misma que le darías a alguien que sufriera un cáncer o una esclerosis múltiple. ¿Verdad que no se te ocurriría decirle a quien padece osteoporosis que no es para tanto, que tome más leche que así se le curaría el problema de los huesos?, ¿a que no? Pues no se lo hagas tampoco a quien sufre un TCA.

Recuerdo un día, hace ya bastantes meses, que una mujer que apenas conocía me abrazó y me dijo que ella jamás se podría imaginar tanto dolor como el que yo había aguantado en todos estos años, que me compadecía y que se sentía orgullosa porque me hubiera recuperado. Pocas personas me han hecho sentirme tan bien al confesar mi enfermedad. No sentí vergüenza, ni tuve que justificarme. Alguien, una mujer bellísima, me sostuvo, y yo pude abandonarme por unos minutos, consciente de que mi vulnerabilidad no iba a ser pisoteada. Cuando estaba enferma, viví esto muy poquitas veces, demasiado pocas. Quizá sea momento de que vayamos cambiando otras conductas en la sociedad. Por ejemplo, esta de negar que los TCA son una enfermedad grave que necesita de nuestra compasión.

Percepciones

—Has cambiado —me dijo una amiga hace unos días.

—No he cambiado —contesté—, lo que pasa es que ahora estoy sana.

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