Los gatos no hablan

De pequeña me llamaban mentirosa.

Un día, un profesor me dio papel y lápiz y me dijo que escribiera mis mentiras. Me pidió que redactara la historia de piratas que acababa de contarle a una compañera y que yo protagonizaba: una pirata de mallas marrones y botas hasta la rodilla, con chaleco verde y espada corta, que se lanzaba contra los tiburones que atacaban a los unicornios del mar. Era una pirata que protegía narvales. Pero que no tenía barco porque me mareo solo con pensar en una embarcación en alta (o baja) mar.

Mi compañera de clase no me había creído en absoluto y me había acusado con el dedo índice de ser una mentirosa. Yo había refunfuñado y la había mirado con una expresión que me ha seguido toda la vida: cejas levantadas, frente arrugada, ojos muy abiertos, boca cerrada. Rafa califica ese semblante de perplejidad. Cada vez que alguien pone en duda algo evidente (como que he sido pirata en una vida anterior o que existen los elfos o que hay hadas pululando a nuestro alrededor), me invade la perplejidad.

Recuerdo que en el colegio le comenté una vez a un compañero que mi gato Blu hablaba, que igual que con los loros si uno se ponía delante del gato y le repetía una y otra vez una palabra, al final, el felino la pronunciaba. Increíble. Lo sé. Y, no, Blu nunca pronunció una palabra, pero que me ahorquen (con cuerda de seda) si ese animal no era de los seres más expresivos que he conocido en mi vida. Quizá no hablara con palabras, pero yo mantenía conversaciones con él: Blu respondía con un ronroneo, con un zarpazo, con un leve movimiento de la cola, con las orejas (si las echaba hacia atrás, se había enfadado; si las levantaba era que estaba interesado). Ese gato se expresaba mejor que algunos humanos con los que me he topado en mi vida.

Sobre todo si esos humanos nos enfadamos. Hace un par de meses, Rafa vino a mi piso a cenar y nos peleamos. Llevábamos discutiendo tanto tiempo que se nos había olvidado  lo que significa comprenderse. Después de una hora de bronca, me harté, estaba tan cansada, tan dolida por dentro que cogí mi anillo de casada, se lo puse en la palma de la mano y lo empujé hasta la salida. Le dije que no quería volverlo a ver y le cerré la puerta en las narices. Es una de esas cosas que una querría no haber hecho. Me sentía impotente: no lo entendía a él ni él a mí. Las palabras se habían convertido en una muralla que nos impedía comprendernos. Y se me habían agotado las fuerzas para hacerme entender. Estaba tan cansada…

Tanto que al día siguiente no pude levantarme, me lo pasé en el sofá, en la misma postura en la que caí la tarde anterior. Mi mente y mi corazón desconectaron. Mi alma se dejó llevar por el sueño: una huida, dicen. Hubo un momento, no recuerdo si era de noche o de día, que Electra se enroscó a mis pies, Pan se colocó a la altura de mi estómago y Allegra, la más pequeña, con solo tres mesecitos, se puso junto a mi cabeza, en el cojín. Me sentía sola, dolorida, enferma, sin ganas de seguir adelante.

Los tres comenzaron a ronronear al mismo tiempo. Pasó un rato largo hasta que me di cuenta de que me sentía parte de una manada que me comprendía. Una de los suyos se sentía mal, tan mal que no quería moverse, y el grupo respondió con ronroneos. Dejé de sentirme sola. El dolor se convirtió en agradecimiento. La apatía se disolvió. Una en la cabeza, otra en los pies y el último en el estómago, todos al unísono curando a su compañera, demostrándola que forma parte de algo mucho más grande y hermoso, algo por lo que merece la pena levantarse.

Pero no creáis lo que os diga: soy una mentirosa, desde pequeña.

Querría decirles

Querría decirles a mis padres que me he sentido escuchada.

Acabábamos de salir de ver la exposición del Thyssen. Fuimos a tomar un chocolate caliente. Me desahogué: les dije cómo me sentía sobre el trabajo, sobre Rafa, sobre tantas cosas que la sensación que tengo es que no paré de hablar y que ellos no dejaron de escuchar.

Querría decirles a mis padres que me he sentido ayudada.

Frente a la taza caliente, y mientras Isabella, mi sobrina, se cubría desde el primer pelo rubio hasta la suela del zapato de chocolate, mi padre me ofreció una salida. Lo dijo tímido. Mi madre añadió su granito de arena. Me dieron, sin saberlo, aun hoy no se lo he dicho, la chispa que ha encendido el próximo proyecto de mi vida. Ese que se ha ido cociendo durante 30 años sin que yo lo supiera. Y que, cómo no, no vería la luz si ellos no me hubieran empujado a creer en mí.

Querría decirles a mis padres que me he sentido amada.

Porque esta no ha sido la única taza de chocolate caliente, porque ha habido tantas veces que me han escuchado y ayudado que no hay cuenta que valga la pena. Porque su amor me ha abrazado desde el primer día. Porque prefirieron privarse ellos de cosas, para darme una educación que ahora, más que nunca, está demostrando su valor. Porque en mi casa había un baúl de los disfraces y en el colegio ninfas, enanos y elfos. Porque las estanterías estaban llenas de libros, porque nunca me impidieron comprarme uno. Porque soy como soy, por el amor que me han dado.

Querría decirles a mis padres que sé que no han sido perfectos, pero que han hecho todo lo que han podido.

Podría haber sido distinto. Podrían haber hecho muchas cosas de otro modo. Pero hicieron lo que en cada momento creyeron mejor para mí, aunque se equivocaran, aunque estuvieran aterrados, aunque el bloqueo los asediara, no han dejado de estar ahí.

No son perfectos. Nos quedan muchas cosas para entendernos, para que nos sintamos más cerca, para que las reuniones familiares, ay, no tengan que ser una pelea. Pero que me libre quien me tenga que librar si alguna vez vuelvo a desear que mi familia sea otra. No, no quiero otros padres. Tengo a los mejores.

Querría decirles que quizá nadie me haya querido en el mundo tanto como ellos, pero es que quizá nadie los vaya a querer tanto como yo; bueno, mi hermana, mi hermano, mis sobrinas, quizá ellos sí.

« Entradas más antiguas

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.