Hace unos días me bajé del péndulo. Llevaba varias semanas preguntándome cómo era posible que me hubiera sentido superior al mundo, si en el fondo yo siempre me he visto como un gusano. «¿Cómo puedo transmitir que soy superior a alguien, cuando me siento el ser más despreciable del universo?». Estaba en la ducha. Y me sentía muy confundida.
Llevo confusa desde que me dieron el alta, porque ha sido un año de mierda, todo hay que decirlo. No he dado pie con bola. Apenas he tenido dos o tres días de verdadera felicidad. Y me han pillado desprevenida. He vivido como en una burbuja, totalmente desorientada. «Estoy curada, qué bien, ¿y ahora qué coño hago?».
Durante estos meses, me he visto haciendo cosas que pertenecían al pasado. Me veía desde fuera, sin saber parar esas conductas, pero siendo consciente de lo absurdas que eran. Es un estado un tanto perturbador, la verdad. Como si estos meses hubiera viajado a un plano astral, donde mi cuerpo y mi mente se movían como antes, pero mi espíritu ya no participara de ello.
No es que no supiera lo que hacía, es que lo sabía tan bien, veía las consecuencias de una forma tan nítida, que no comprendía por qué me empeñaba en repetir los mismos diálogos, las mismas broncas, los mismos errores. Como si necesitara revivirlos, con ambientaciones y personajes diversos. Me veía desde fuera. Y no me entendía. Tampoco es que haya logrado entenderlo muy bien ahora. Pero al menos creo que estoy sobre la pista: se llama inercia.
De esa inercia venía la pregunta que me formulé mientras me duchaba el otro día: «¿Cómo puedo transmitir que soy superior a alguien, cuando me siento el ser más despreciable del universo?». Asumía que seguía viéndome igual que antes: como una mierda. Pero no era del todo verdad, porque el año pasado casi llegué a creerme un ser divino (la soberbia ha sido una de las últimas emociones que he descubierto y de la que hablaré en otra entrada pronto). «Claro —me dije—, he pasado de un extremo del péndulo (la bajeza) al otro (la soberbia), pero entonces ¿dónde estoy ahora?, ¿en el centro?, pues vaya mierda de equilibrio».
La respuesta me llegó sin aviso y fue de tal intensidad que me obligó a apoyarme en la mampara. Fue un rayo. Una inundación. Todos los fenómenos naturales dentro de mí en el intervalo de un minuto. Quise llorar. Pero no había lágrimas. Tampoco sonrisas. No tenían sentido. Suspendí una mueca en la boca y apoyé la cabeza en la mampara mientras el agua de la ducha me recorría el cuerpo.
Una piensa que las grandes revelaciones que te cambian la vida al menos te pillaran vestida. También cree que esas revelaciones serán, no sé, descubrimientos que te iluminarán y harán de ti un ser más feliz. Que una vez llegan a ti, tú ya no eres la misma. Papochadas. Supongo que la realidad siempre supera cualquier expectativa infantil que te hayas rumiado durante años.
El rayo fue una frase: «No eres ni más ni menos, ni mejor ni peor, simplemente eres tú». Luego me inundó la seguridad de que lo que soy es lo que soy. No sabría explicarlo de otra forma. Pero comprendí que no tenía que ver con el equilibrio de ningún péndulo, ni con obligarme a valorar lo que soy, ni con luchar contra lo que no quiero ser. Que ni siquiera tenía que ver con eso que creo ser.
Que era algo más sencillo. Un acto de comprensión tan profundo que me dejó desnuda ante mí misma. Renuncié a mi gran drama, dejé de ser la hormiguita que nunca llegará a convertirse en titán. Acepté que ni me gusta ser hormiga, ni quiero ser un titán.
E hice lo único que podía hacer en ese momento: cerré el grifo, salí de la ducha, me sequé, cociné la cena, vi un par de capítulos de una serie y me metí en la cama a dormir.

Elisa dijo:
03/11/2011 a 19:06
Ole ole y ole. Ser tu misma… algo más valiente que eso? Y sobre todo: algo más importante? Enhorabuena
Rafa dijo:
03/11/2011 a 21:58
Con ser uno mismo, una misma, es suficiente. Los demás son esfuerzos en vano
Anónimo dijo:
03/11/2011 a 23:20
Has llegado a un sitio importante, así que suerte y ánimo para permanecer en él, o cerca al menos.
Uncertain dijo:
04/11/2011 a 15:22
Bueno, sí,
si dejas de lado la formulación del hallazgo, que es lo que Dios dice de sí en la Biblia, “yo soy el que soy”, me parece un bonito hallazgo. Prometedor.
Hubiera estado bien una foto del momento, no sólo porque estuvieras desnuda de cuerpo y de alma (que también ayuda), sino para ponértela junto al espejo y para que pudieras mirarla si te volvías a sentir, accidentalmente, en uno u otro momento de la oscilación del péndulo.
Pues eso, que enhorabuena.
Marie dijo:
22/12/2011 a 04:16
en realidad, es una gran enseñanza.