Entre el balancín y el péndulo

Cuando ves el mundo como un todo o nada, te acostumbras a pasar de un extremo a otro sin percatarte de que existen otros lugares. La gama de los grises se te escapa tanto como el rojo o el verde a un daltónico. O estás gorda o estás delgada, aunque la línea entre la una y la otra no esté dibujada en ningún sitio y la muevas tú según te interese amargarte más o menos el día.

Si solo hay un negro y un blanco, es como si vivieras en un balancín: ahora estoy arriba (¡soy afortunada!), ahora estoy abajo (¡soy desgraciada!). Y así cada día, cada hora, cada minuto: arriba y abajo. Sin tregua. Sin consciencia alguna de que puedes parar de ejercer fuerza para subir el balancín, porque volverás a caer una y otra y otra y otra vez.

Pero no hay castigo divino que dure para siempre, si Prometeo se libró de que su hígado fuera devorado cada noche, una puede bajarse del balancín. Al principio sientes vértigo y te preguntas si ya no tienes que subir ni bajar, si no va a ver nada más que ese estado de parálisis. Luego entiendes que la parálisis es tu propio miedo. Pero para entonces el balancín ha dejado de tener sentido. Ya no puedes subirte a él o, si lo haces, te sientes ridícula.

Ese día, el día que has asimilado que hay más que negro y blanco, que puedes dar un poquito, pero no todo, aunque todavía no sepas hacerlo, ese día pasa por tu lado el péndulo y te subes a él.

Viajas de una ilusión a otra. Cambiar los patrones de conducta es muy difícil, sobre todo si los asocias con tu personalidad, como si esos patrones fueran lo que eres, tu ser verdadero. Yo me creía el balancín, ¿cómo iba a bajarme de él? Yo me creía el péndulo, ¿cómo no iba a oscilar con él?

Y es que desde ese momento me imaginaba en un péndulo gigante, encima de la bola, agarrada al cable con las dos manos, oscilando de un lado a otro, a la espera de llegar al centro en algún momento. Rogando por encontrar ese equilibrio perfecto que haría de mí una persona mejor, más feliz, más iluminada.

Si te has pasado la vida con un todo o una nada, aprender que puede haber algo más requiere de un todo y de una nada. Es paradójico y quizá no tenga sentido, pero nadie dijo que comprenderse a una misma no fuera una paradoja y un sinsentido.

La primera vez que me reconocí en el péndulo fue, cómo no, con los síntomas de la enfermedad. Los primeros años padecía anorexia: no comía. Punto. Pero me daba vergüenza que nadie pensara que no comía, así que pasé a la segunda fase: la bulimia no purgativa. De los TCA creo que este es el más difícil de comprender, al menos para mí, a pesar de que en el momento que supe de su existencia me reconocí en él (todavía me identificaba con mi enfermedad, qué le vamos a hacer). Comía delante de la gente e intentaba que todo el mundo pensara que disfrutaba con la comida. No lo hacía, por supuesto, era un suplicio. Y no me purgaba porque me daba asco. Me gustaría dar otra razón, pero me temo que en esto mi neurosis por la limpieza ganó el terreno a mi neurosis por la comida. Compensaba no comiendo el resto del tiempo. Si estaba sola, no comía. Supongo que se podría comparar a los alcohólicos sociales. Entonces llegaron los preparativos de la boda. La maldita boda. La que desató al monstruo, que me dio permiso para purgarme. Todo lo que no había comido, lo comí y lo vomité en aquellos dos años, desde la boda hasta finales del 2008.

Fue en esa época, a finales del 2008, cuando entendí que vivía en un balancín: o lo tengo todo o no tengo nada; arriba abajo. Qué cansina, niña. Me bajé. Y me subí al péndulo. Creí entenderlo todo. Como si antes no hubiera comprendido nada. «Claro —me dije—, cuando no comía nada, estaba en un extremo del péndulo, ahora estoy en el otro extremo y por eso como tanto y luego lo vomito. Ahora solo tengo que llegar al centro y estaré curada.»

Fue cierto. Llegué al centro, a un equilibrio que me permitió curarme de la enfermedad. Pero las ilusiones que traen consigo las conductas no se van de la noche a la mañana.

Salí de la enfermedad. Me curé. Y lancé la bola al extremo en el que nunca había estado: comer cualquier cosa sin sentirme culpable; valorarme tanto que casi me sentía un ser divino; considerarme una privilegiada, un ser especial, único, superior al mundo. Qué cansina, niña. Pero no me bajé. Necesitaba llegar al equilibrio.

El péndulo osciló hasta el centro. Y hace tres días me caí de él.

Es fácil medir la vida desde ese péndulo: ahora estoy aquí porque estoy compensando aquello que no hice; ahora estoy acá porque me pasó aquello otro. Es fácil. Y tiene sentido. Pero es una ilusión. Como la del balancín. Porque yo ni soy un balancín ni soy un péndulo.

Lo que me pregunto es qué aparetejo cogeré ahora para explicarme mi conducta. Tengo curiosidad por saber qué movimiento elegiré. Imagino que ni el de arriba abajo ni el de un lado a otro. Quizá me permita simplemente andar. No estaría mal la cosa. Puedo ser un buen camino ;-) .

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1 comentario

  1. 03/11/2011 a 15:24

    [...] unos días me bajé del péndulo. Llevaba varias semanas preguntándome cómo era posible que me hubiera sentido superior al mundo, [...]


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