Hace un año escribía en Vómitos que «yo solo escribo morralla y las historias que tengo que contar son historias huecas que hablan de dragones y hadas… de ese mundo que me ha permitido vivir a pesar de los grilletes, pero que solo forma parte de mi mente perturbada».
Hoy he ido al cine, sola, como a mí me gusta, a ver la tercera de Narnia. Había un dragón dorado con los ojos azules. Un niño quejica y un tanto odioso se vistió un brazalete de oro que pertenecía a un dragón que lo convierte en uno a su vez. Es hechizado y vuela y salva a sus amigos y se convierte en un héroe porque enfrenta su miedo, se enfrenta a él y lucha contra… ¡lucha contra una serpiente marina gigante! Un dragón lucha contra una serpiente. Mi mente perturbada se ha imaginado que esa era mi lucha, yo era la dragona, Tenia la serpiente.
Tendría que haber salido del cine triunfal porque gana el dragón que se vuelve a convertir en niño y aprende a ser un poco mejor, algo menos quejica, más fuerte, más valiente, más generoso.
Pero he salido llorando. Lloro mucho últimamente. Pero no me importa, a pesar de que cada lágrima se clava hacia dentro recordándome que el dolor que siento está fosilizado, cada llanto es una lluvia de estalagmitas que se clavan en mis órganos, recordándome que la niña que fui sigue encogida bajo las sombras de su cuarto; una niña que lleva veinte años guardando un secreto que aun no toca desvelar. No, todavía no, pequeña, es pronto.
Es todo tan contradictorio, ¿cómo unas lágrimas pueden doler y purificar al mismo tiempo? Quizá todas las catarsis van acompañadas de dolor: para convertirte en una polilla antes has tenido que ser una oruga, una crisálida rompiendo sus propias carnes para dar pie a las alas, que luego serán tan frágiles que con un soplo se desvanecerán.
He llorado porque ahora comprendo, ahora sé por qué la fantasía ha sido mi plaza fuerte, el castillo en el que podía resguarecerme. No importaba donde estuviera, porque Fantasía siempre venía conmigo, solo tenía que cerrar los ojos o fijar la mirada en un punto inexacto de alguna pared o suelo y volar. Volaba a una tierra en la que me convertía en una guerrera de rizos anaranjados o en una elfa de tez verde con destellos plateados en el cabello, la primera atlética, la segunda esbelta. La tercera… la tercera era una dragona, sabia y temible. Todas ellas clichés, sí, lo sé, soy un cliché. Pero es que en Fantasía uno no tiene que ser el más original del mundo, solo tiene que dejarse ser: si quería convertirme en guerrera, nada lo impedía; si necesitaba sentirme grácil, me transformaba en elfa; si era la sabiduría y prestancia, entonces saltaba al ruedo la dragona.
He escuchado tantas veces que la fantasía es una huida que me lo he llegado a creer. Como lo de que si no te amas, no sabes amar. Pero es que la fantasía y el amor son mucho más grandes que eso: no saben de límites marcados por los miedos de los que no se quieren, ni de los que pronuncian con demasiada ligereza máximas que pueden sentenciar a una persona.
No puedo hablar por los demás, claro, pero sí por mí misma y hoy sé que mis fantasías y mi amor eran reales. No eran completos, de acuerdo. Ni perfectos. Ambos iban colmados hasta la médula de mis miedos, mis dudas, mi incomprensión hacia la vida. Esto no lo niego. Pero eran verdaderos. Del amor hablaré en otro momento, hoy prefiero centrarme en Fantasía.
¿Era una huida? A veces sí, sobre todo cuando lo que había fuera resultaba tan insoportable que era mejor lo que había dentro. Recuerdo una ocasión, aún vivía con mis padres, que me enamoré de un sueño. Había visto una película protagonizada por Christian Bale y como buena postadolescente que era, me encandilé de él. Me metí en la cama y le ordené a mi imaginación que soñara con Bale. Ella lo hizo, estaba —está— muy bien entrenada. El sueño fue tan maravilloso que decidí quedarme en él durante días. Como la carrera que estudiaba me interesaba dos pimientos refritos, no iba a clase; como lo que estaba sucediendo dentro, tampoco lo entendía (la enfermedad se estaba germinando en aquella época), preferí vivir en aquel letargo. Me quedaba en cama con los ojos cerrados y con el deseo encendido para que regresara el sueño. No sé cuántas horas dormí en esos días, pero fueron muchas. Recuerdo el sueño de forma vívida (es un cliché como todo lo demás: dos jóvenes que se enamoran, pero no pueden estar juntos porque blablablá). Literalmente me pasé una semana viviendo en un sueño.
Eso era una huida. He tenido otras así. Tengo una capacidad innata para dormir todas las horas seguidas que quiera. Mi récord, no obstante, sale de aquellos días en las que besaba a Bale. Me pasé, creo, que 30 horas seguidas durmiendo (hora arriba, hora abajo).
Pero eso no es Fantasía; eso no tiene nada que ver con la guerrera, la elfa y la dragona. Nada.
Supongamos que con once o doce años decidiera que quería ser una guerrera medieval. Querría una espada y aprender a utilizarla. Las clases de esgrima me demostrarían que ese deporte no tiene mucho que ver con las justas medievales. Acampada en el patio de la casa de veraneo de mis padres, saldría al atardecer con un palo y me entrenaría en el arte de la guerra cuerpo a cuerpo. Me imaginaría portadora de espada, escudo y armadura. Con el tiempo subiría a un caballo y me lanzaría en pos del mundo para cambiarlo. ¡Yo cambiaría el mundo!
Imaginemos ahora que esa misma jovencita se disfrazaba de elfa verde en las excursiones que su madre preparaba para los niños de tres a seis años a los que enseñaba. Se escondía detrás de los árboles, en otoño, hiciera sol o nevara, a la espera de que llegaran los pequeños, que al verla se quedarían pasmados con la fantasía hechizándoles los ojos. Y ella, ella les devolvería la misma mirada embrujada. No hablaría, tan solo se movería a unos cuantos metros de distancia con gestos felinos, quizá apoyada en un árbol, quizá subida en otro, quizá escondida tras una roca.
La dragona, cómo no, sería la encargada de volar con esas historias. ¿Huía? No. Nunca estuve más cerca de mí misma que en momentos como aquellos.
Era una niña que sabía que tenía que luchar, y luchaba. Quería y quiero cambiar el mundo. ¿Estoy loca por ello? Pues entonces bendita locura. En la huida hay una suerte de parálisis, le das esquinazo a lo que eres para mirar a otro lado. En Fantasía te miras a ti misma de frente y avanzas hacia delante, con la cabeza erguida para saber hacia donde vas. Te mueves. Eres. No hay escondite.
Fui una joven repleta de vida, que rozaba con los ojos la magia. No hay mayor hechizo que el de compartir la fantasía con una veintena de niños de cuatro años. Ellos creen lo que ven y te ayudan a creer a ti. Es pura, bendita, limpia espiritualidad. Es tocar con los dedos la energía que mueve el mundo. Es saber que detrás de sus ojos y de los tuyos se esconde algo inmenso, que te une, que te convierte en un racimo de partículas de luz dispersas en un espacio que está dentro de ti, pero también fuera, que es la Tierra, pero también el Universo, y el bing bang y la génesis cristiana y la ubicuidad budista y la fiebre del ser humano, que busca respuestas cuando las tiene a un golpe de vista, el que le lleve a mirar los árboles como amigos donde viven elfos, donde vives tú mismo, tras los ojos de veinte niños que acaban de descubrir que la fantasía es real. Real como la energía contenida en cada átomo.
Soy una adulta que ante la vida prefiere saberse dragona, sabia y mutable, convencida de que después de una hora de vuelo todo se ve distinto, hasta tus propios sueños.
No escapo a la fantasía. Soy fantasía. Vivo en fantasía. De vez en cuando, veo el mundo como aquellos que no ven la magia y me entristezco, porque aquí, desde aquí, la luz es más brillante, el dolor duele más, el agua sacia mejor, el mundo es infinito y cada hombre, cada mujer tan hermosos que enamora verlos. Si pudierais, aquellos que no tocáis la magia, si pudieras veros como mis ojos os ven… Qué belleza os perdéis, qué mundo tan fabuloso y único estáis negándoos por miedo. Conozco el miedo, he vivido en él. Por suerte, nunca se inmiscuyó en mi fantasía. Eso me ha mantenido viva. Me ha permitido salir y enfrentarme al mundo de los sin-magia. Pero maldita sea, hace mucho tiempo que permití que me convencieran de que ver el mundo desde este lado del espejo era una huida. Y no. No huyo, porque si algo soy, es fantasía en estado puro.
La magia existe: está en vuestros ojos, aunque no la veáis.
