Alexitimia en Haití

La Alexitimia es cruel, te mantiene en tu propia inopia, te seda de ti misma y de tus sentimientos. Te convierte en un zombi que pasea por el mundo como si no fuera contigo lo que está ocurriendo.

Hace un rato, me contaba Rafa que hay un trasatlántico que atraca en las playas de Haití, devastado por el terremoto, para que una panda de turistas hagan las fotos oportunas, se beban unos daiquiris y se vuelvan a subir al barco a continuar con sus vacaciones, tras la limpieza de conciencia: “Pobrecitos, mira que es horrible lo que les ha pasado. Hazme una foto con el negro este, que madre mía cómo está de bueno. Hale, hale, vámonos al barco. Me han dicho que las playas de Puerto Rico son bárbaras”. Y todos los que estamos en nuestros sofás nos indignamos porque cómo se les ocurre ir allí de vacaciones con lo horrible que es lo que les ha pasado.

No he podido evitarlo, lo primero que he pensado es en que el sedante emocional con el que vivimos permite que sucedan estas cosas. Y tanto los del barco, como los de la playa, como los del sofá, negros, blancos, rosados o verdes padecen cada uno a su manera ese bloqueo que les impide —que nos impide— entender lo que ocurre en nuestro interior. Fingimos que sabemos lo que sentimos, nos decimos que aquello o lo otro está mal y por tanto lo prohibimos dentro de nuestro ya menguado racimo de emociones, moralizamos, juzgamos, escuchamos poco dentro y fuera. Y así nos va. Pero eso sí luego todos nos llevamos las manos a la cabeza cuando nos ponen delante de las narices lo que provoca nuestra propia anestesia.

Y se me ocurre que de ese trasatlántico quizá salgan uno o dos turistas a los que les remueva tanto ver la desgracia ajena, que empiecen a sentir la propia, y quizá solo por eso ya merezca la pena que a unos y a otros se les haya ocurrido romper con lo moralmente aceptado, hayan pervertido su propia conciencia y se hayan dejado llevar por eso de “qué más da”.

Porque de todo sale algo bueno, aunque nos indigne y nos cueste verlo.

Lo sé, qué lejos está esto de la Bulimia, ¿no? Y sin embargo está tan cerca que asusta. Permitidme, además, un añadido de ombligo: ¿qué es lo que me ocurrirá si me resulta más importante hablar de esto que de otras cosas?, ¿será que me voy acercando a lo que duele y lo evito?, ¿o será que soy más consciente de lo que significa no expresar ni comprender lo que uno siente?, ¿será posible que me identifique al mismo tiempo con el que se sube al trasatlántico (a pesar de mi odio acérrimo a todo lo que se mueve por mar), con el empresario que justifica su empresa porque el país devastado necesita del turismo para sobrevivir, con el haitiano que asiente a tal argumento, con el haitiano que mira con repulsión a los turistas, con el que llora el horror y le importan una mierda el empresario y los turistas, con el periodista que se indigna, con el que se indigna desde su sofá e, incluso, con el que no se indigna y le parece bien? ¿Cómo es posible que me identifique con todos? ¿Será que soy todos a la vez? ¿O será que comprender lo que uno siente por dentro te permite, de una forma maravillosa e inaudita, compartir lo que sienten los demás, sea positivo, negativo, neutro o de cualquier otro color?

Qué hermoso es el ser humano, que es capaz de esto, ¿no?

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.