Poemas de amor

El jueves de madrugada murió mi abuela.

Al mediodía, nos marchamos toda la familia (mis padres, mi hermana, mi cuñado, mi sobrinita, mi hermano, Rafa y yo) a Sevilla. Pasamos el día en el tanatorio, velando a mi abuela.

Me cuesta comprender la parafernalia que rodea a la muerte. Entiendo que hay que despedir al muerto, pero no los corrillos que se montan fuera de la sala, lejos del cadáver, no vaya a ser que se despierte.

La mayor parte del tiempo estuve alejada del barullo y las conversaciones; o bien me encontraba dentro de la sala, sentada en uno de los sofás azules (azul hospital), sola, o bien me hallaba en la cafetería intentando sacar emociones de aquellos que estaban más bloqueados que yo.

No es un misterio que los sentimientos me bloquean. En realidad, lo correcto es decir que no tengo contacto con ellos, que me cuesta identificarlos. Alexitimia, se llama.

El jueves, en el tanatorio, y el viernes en el cementerio vi en todo su esplendor mi herencia genética. La Alexitimia en mi familia parece una pandemia. Hubo pocos que expresaron de forma abierta y sincera lo que sentían. Fue una especie de fiesta de bloqueos y muros emocionales, que impedían llorar a mi abuela.

Ante ese panorama me dejé llevar por el océano de inexpresiones y de llantos interrumpidos por un no-vaya-a-ser-que-alguien-piense-que siento. Lloré poco, aunque lo había hecho el jueves por la mañana, antes de coger el AVE. Pero me pude despedir de ella como lo necesitaba. Además de sentir tristeza sin agobios, ni ansiedad.

Sí, me sentí triste. Y reconocí ese sentimiento como algo natural. No había culpabilidad ni extrañeza ni dudas. Era una tristeza limpia, que me abría el corazón a mí misma y a mi necesidad de despedirme de mi abuela.

Lo hice en el tanatorio y, después, en el responso y en el cementerio. En el tanatorio, en un momento en el que la sala estaba vacía, me llené de valor y me enfrenté al cadáver. Dormía. En paz. Le leí los últimos poemas que en agosto le había leído y le dije adiós. Luego lloré. Pero su cara tranquila me sosegó y las lagrimas resultaron más dulces que amargas. Tristes, pero de una tristeza limpia, casi diría que sanadora, si eso tuviera sentido.

Mi familia —empujada con suavidad por Rafa— me pidió que dijera unas palabras en el responso. Y así lo hice. Deseosa, de hecho, de poder contarles todo lo que mi abuela había significado para mí en el último año. Pero en aquella capilla de tanatorio moderno la acústica era penosa y el micrófono distorsionaba mis palabras hasta el punto que no se entendió ni la mitad de lo que dije. Por eso, cuando llegamos al cementerio, después de que los operarios introdujeran el féretro dentro del panteón familiar (sin ningún tacto hacia la familia que veía a su muerta descender por el agujero mohoso, con un grado de funcionalidad y de indiferencia que resultaban hirientes), me pidieron que volviera a leer esas palabras sobre mi abuela.

La tumba ya estaba cerrada y toda mi familia se había congregado alrededor de mí y de la tumba para escucharme. Proyecté la voz lo mejor que pude, leí lo más despacio que fui capaz y los ayudé a que se emocionaran, esta vez sí, al escucharme.

Aquí os dejo una foto de mi abuela y mi discurso. Es mi homenaje (el mejor que he sabido darle) a esta mujer que murió a la tercera embolia y que dejó seis hijos, una porrada de nietos y una bisnieta (mi sobrina):

Desde diciembre, he bajado todas las vacaciones y he pasado unos días con mi abuela, que apenas hablaba, que apenas se movía.

Lo que empezó siendo un “voy a ayudarla” se convirtió en gratitud. Hace unos días lo hablaba con un amigo (su madre padece Alzheimer): cuando uno va a “ayudar” a alguien desvalido, cree que está haciendo un favor; y, sin embargo, al final, resulta que lo que recibes es mil veces más que lo que das.

Antes de dedicar esos pocos días a mi abuela, creía en el tópico de que es mejor no acabar así: sin poder hablar, sin poder moverse. Pero ella me enseñó que uno puede curar a otros, aunque sea solo dejándose cuidar. Si mis días acabaran como los de mi abuela, espero devolver a alguien lo que ella me ha dado en este año.

El último día que estuve con ella fue este verano, el ocho de agosto. Para despedirme decidí leerle algo antes de que se durmiera. Ya estaba acostada, sin dentadura, recostada de un lado, con el cuerpo pequeño y débil cubierto por la colcha rosa. Aquella noche me regaló una lección. Más intensa todavía al saber que fue la última vez que la vi con vida.

Después de empeñarme un montón de meses en leerle cuentos de Andersen y que ella no me hiciera ni caso (“pobrecita, es que no lo entiende, se le va la cabeza”, pensaba yo), resulta que aquella última noche decidí leerle unos poemas de amor de Miguel Hernández.

En los primeros versos ya noté cómo su atención aumentaba; pero fue uno en particular el que la llenó de vida los ojos*:

No hieles, viento, ahora,

que se duerma mi cielo

hasta el día y la aurora.

No lo dejes de hielo.

No lo dejes de hielooó…

No lo dejes de hielooó…

Que estoy enamorada

de su mata de pelooó…

Pasa, paz, por su frente,

tu mano sosegada.

Pasa, paz, de repente,

que estoy enamorada.

Nocturno mediodía,

no levantes el vuelo.

Alma mía, alma mía,

no lo dejes de hielo.

No madrugues, rosada:

no vengas hoy de prisa,

que estoy, enamorada,

fuera de mi camisa.

Está que arde la nieve

con la luna lunada;

está que arde la nieve

de verme enamorada.

Dedos de terciopelo

quisiera para cada

caricia de mi cielo,

que estoy enamorada.

Está la luna en celo

sobre tornalunada.

Más pálida que el hielo

estoy enamorada.

*Poema extraído del libro Poemas de amor, de Miguel Hernández, editado por Alianza en 2002.

Cuando terminé el poema, ella me preguntó, señalándome con la mano temblorosa, si yo estaba “ena…”. No pudo terminar la palabra y la completé por ella: “¿Si estoy enamorada?” y sus ojos se volvieron brillantes porque la había comprendido. “Eso, eso”, respondió y entonces la dije que sí, que claro que lo estaba, de Rafa, mi marido. Y ella suspiró como si fuera una adolescente.

Poemas de amor. Eso era lo que ella quería: llenarse la vida de historias románticas, como las que leía cuando amamantaba a sus hijos, como las de las telenovelas que tanto le gustaban.

Con 91 años una todavía puede suspirar como una adolescente que sueña con su primer amor, a pesar de no hablar ni poder moverse.

Mi abuela me ayudó a curar heridas; me permitió que la cuidara cuando apenas podía cuidar de mí; me ayudó a comprenderla, aunque fuera tarde; me obligó a mirar el mundo de otra forma; me animó, sin saberlo, y me ofreció la seguridad que necesitaba para retomar una novela que había abandonado.

Quizá no pudiera hablar bien, quizá apenas se podía mover, pero a mí me ha dado tanto en este año que no sé si alguna vez podré devolverle a alguien la mitad de lo que sus ojos, su sonrisa y sus manos delicadas me regalaron cada día que disfruté con ella.

Ayer vi en su cara la calma de un durmiente. La misma que tenía aquella noche de agosto. La abuela duerme tranquila. Quizá ahora, por fin, viva la historia más romántica que nunca hubiera imaginado.

Se ha ido. Y la echaré de menos. Pero cada vez que lea un poema de amor —que tome entre mis manos este libro de Miguel Hernández— me acordaré de ella.

Adiós, abuela, te quiero.

 

Abuela Ana

Abuela Ana

Un calorcillo extraño

—¿Y esto que siento ahora mismo, qué es?

—Orgullo —contestó Rafa.

—¿Orgullo? ¿De qué?

—De ti misma.

Íbamos en el coche de vuelta a casa. Eran las seis de la mañana. Conducía yo porque él había tomado más tequila de la cuenta. Ese sábado apenas bebí una copa (muy ligera) de ron con limón; era lógico, pues, que llevara el coche, a pesar del revoltijo emocional con el que cargaba.

De esto hace diez días y, sin embargo, me parece un mundo. ¿De verdad acabé yendo a la casa de Pack? Pero si no quería, si me dije que prefería quedarme en casa, ¿por qué acabé allí?

La cena mexicana es una fiesta que nos reúne una vez al año desde hace ya tres o cuatro. Es en la casa de Pack, pero cocinan Nacho y la Peque, que es mexicana. Traen tequila y preparan tacos y nachos.

Me lo había apuntado en la agenda, pero luego había decidido no acudir, cada vez me cuestan más las reuniones multitudinarias (todas las que sobrepasen a tres personas). Ya había tenido la experiencia hacía poco de la inauguración del curso escolar (soy profesora de escritura creativa para adultos), donde me pasé toda la noche escondida en el balcón conversando solo con aquellos que se aventuraban a salir y me encontraban allí, acariciando a un árbol al que la polución del centro de Madrid había enfermado. Quien se atrevía a hablarme, recibía respuesta. Pero mientras nadie me dirigiera la palabra, yo me mantenía escondida.

Si iba a una fiesta a ocultarme de los asistentes, ¿no era más lógico que me quedara en casa?

Supongo que la inercia (y el deseo, verdadero, de ver a mis amigos) fue lo que me condujo hasta la casa de Pack. Sin ganas de hablar, ni de que nadie me diera su opinión sobre este blog ni de que, por favor bendito, me preguntaran qué tal estaba.

Cuanto más comprendo lo dependiente que soy de lo que me dicen los que me rodean, menos ganas tengo de escucharlo. No porque no me interese, no porque me dé igual, ni mucho menos, sino porque no sé qué hacer con ello.

Estoy aprendiendo, poquito a poco y con pasos bastante inseguros, a escucharme a mí misma y no depender tantísimo de los otros. La clave de esta frase es el gerundio: aprendiendo.

Todavía no lo he conseguido. Si alguien me dice que le gusta la camiseta que llevo, asumo que para agradarlo tengo que ponérmela siempre que lo vea, a pesar de que ahora sé que esa persona quizá ni se dé cuenta porque puede que no se acuerde de que me lo dijo. Pero yo me siento en la obligación de llevar la camiseta, me apetezca o no.

No depender de los demás.

No depender de lo que los demás piensen de mí.

No depender de lo que me digan.

Que no sea vital para mi estado anímico lo que alguien opine sobre cualquier cosa que se relacione conmigo.

Qué fácil es escribirlo y que jodidamente difícil me resulta.

Con estas llegué a la fiesta, sin ganas de responder al maldito “¿qué tal estás?” (¿y si contesto que mal?, ¿qué pasaría? Buf, molestaría y eso es sinónimo de que no me quieran) ni de que nadie me dijera qué opinaba de mí, de mi aspecto, de mi trabajo, de mis mensajes, de mi blog.

Pack me abrió la puerta, saludé a los que no conocía (parejas de amigos, sobre todo) y me escabullí hacia la cocina, lejos de las dos mesas grandes que había en el salón y que rebosaban gente y comida.

La clave de lo que ocurrió, ya lo he dicho, es el gerundio: estoy aprendiendo. Quizá no sea independiente en lo emocional, pero empiezo a alejarme de la obsesión por agradar a todo el mundo. Ya no contesto que me encuentro bien si resulta que es lo contrario, ni siquiera si no sé cómo me siento (cosa que es habitual; cuando una pasa de no sentir nada a contactar con lo que ocurre en su interior, la mayor parte de las veces no tiene ni la más repajolera idea de cómo nombrar lo que está notando).

Tal vez no diga que me encuentro mal, pero ya no respondo con una sonrisa y un “muy bien, gracias” que relegue mis emociones a un palmo del suelo.

Quizá no sepa qué hacer con las opiniones de los demás, pero las escucho intentando no usarlas en mi contra. Digamos que, si un amigo me dice que le gusta mi camiseta, ya no pienso que es mentira que, en realidad, lo que se ha guardado es que los pantalones me quedan fatal y que en conjunto parezco una cebolla, maloliente y gorda.

Si sumamos lo que acabo de contar con el gerundio, la clave de todo esto, comprenderéis lo que ocurrió el sábado:

1. Estoy aprendiendo a contactar conmigo misma.

2. No utilizo los comentarios bienintencionados en mi contra.

3. Ya no escondo cómo me siento.

Por eso, cuando Berna apareció por la cocina y me argumentó con ese entusiasmo tan suyo que el blog estaba bien escrito, que no solo era la historia de una persona que sufre un TCA, sino que era una narración contada con el oficio de una escritora que se lo había currado durante años, a mí me entraron ganas de correr, pero me quedé sentada y la escuché. Y podría haberme dicho que exageraba, pero el caso es que no lo hice. El gerundio tiene la culpa, supongo. Me dejé sentir, aunque sin saber qué era ese sentimiento. Una especie de calorcillo, de aceptación, un estar de acuerdo tan extraño.

Luego, a lo largo de la noche, no sé cómo, acabé con Elisa y ella, que no me conoce (aquel día fue la primera vez que nos vimos), me dijo que se había emocionado. ¿Algo escrito por mí, emocionar? Podría haberlo tirado por tierra: una exageración más. Pero no, no lo hice, intensifiqué el calorcillo. Porque era yo quien aumentaba la aceptación, era yo quien estaba de acuerdo con lo que me decían, por muy extraño que me resultara.

No fueron las únicas. Ahí estaba Isa con su “ojalá lo lea mucha gente” o Pableras asintiendo a cada palabra que decía Berna. Fue de lo más raro. Percibí como si todos los reunidos estuvieran de acuerdo en que este blog, mi blog, merecía la pena, no solo para mí, sino para los que lo leyeran, tuvieran o no un TCA.

Y a mí no me dio por tirarlo por tierra. No lo cuestioné.

Decidí quedarme con ello y estar de acuerdo.

Es tan raro.

Me resulta tan difícil comprender qué es este calorcillo que aún hoy permanece, impertérrito.

Incluso ahora, cuando escribo esto, me da miedo que suene prepotente o, peor aún, que rezume una seguridad que me aterra. Es como si necesitara, tras este descubrimiento, gritar que en realidad yo pienso que soy una mierda.

Pero, joder, el cabrón del calorcillo no se va. Quizá yo no valgo nada, pero este blog sí. Y eso es lo más extraño de todo.

A las seis de la mañana, cargada del calorcillo, de la extrañeza y de la incapacidad de ponerle un nombre a todo ello, cuando íbamos por la A1 de vuelta a casa, se me ocurrió preguntárselo a Rafa:

—¿Y esto que siento ahora mismo, qué es?

—Orgullo —contestó él.

—¿Orgullo? ¿De qué?

—De ti misma.

Al parecer, el calorcillo se llama “orgullo de uno mismo”. La extrañeza no se ha marchado diez días después, porque el orgullo tampoco lo ha hecho. Quizá suene increíble, pero lo cierto es que nunca me he sentido así, al menos que yo recuerde.

El sábado diez de octubre, por culpa del gerundio, descubrí que podía sentirme orgullosa de mí misma.

¿No es raro?

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