Las piezas de mi cuerpo

Hace un par de meses, mi terapeuta (en adelante, Cristina) me convino a que mirara mi cuerpo con buenos ojos. Me sugirió que, en vez de mirar solo las partes que no me gustan, observara otras zonas que sí me agradan.

Me quedé enganchada a una idea: “¿Mirar mi cuerpo con buenos ojos? ¡Ni de coña! No sé hacerlo. Seguro”.

No me di tiempo ni siquiera para creerme capaz de que podía. Lo había intentado tantas veces, lo de mirarme al espejo y ver algo que me gustara, que probar otra me resultaba cansino.

Sin embargo, lo hice. No sé si por condescendencia a mi psicóloga o porque ya comenzaba a percibir aquello de la confianza (en mí misma, en mi recuperación, en los profesionales que me ayudan, en mi familia, en mis amigos).

Lo que vi fue lo de siempre: una barriga gigantesca, cargada de celulitis, como si fuera una naranja, con su piel rugosa y repulsiva; bajé la vista y mis ojos enfocaron a las cartucheras, a esas dos bolas que sobresalen y me dejan una figura de “niño con flotador”. Me dio asco.

Ahora, mientras escribo, no se me quita la mueca de la boca, con el labio superior ligeramente levantado por un lado, con los ojos cargados de repulsión.

***

Al día siguiente lo volví a intentar. Esta vez ya no era condescendencia, era cabezonería. Era de noche, había subido al piso de arriba a ponerme el pijama, mientras mi marido (Rafa, en adelante) preparaba la cena. Me desvestí y me puse delante del espejo. Vi lo mismo: la naranja de mi barriga y el flotador de mi muslamen. Pero tenía que buscar algo que me agradara, así que aparté la naranja y el flotador, y me fui a pasear por otros lados.

Primero me fijé en los ojos: pardos. Me gusta que cambien de color, a veces son verdes, a veces marrones claro. Tuve que recordármelo, como quien se apunta en una libreta las tareas que le tocan realizar al día siguiente: recuerda que te gusta el color de tus ojos. Pero no fue eso en lo que me fijé, lo que vi fueron las ojeras, oscuras casi violetas, que adornaban unos ojos pequeños (medianos, según Rafa) muy hundidos (regalo genético de mi abuela materna). No me gustaron. Eso no tuve que anotarlo. Nunca me había fijado en lo poco que me gustaban. Desde entonces se sumaron a la lista de lo que odio de mi cuerpo.

La naranja de mi barriga, el flotador de mis muslos y el hundimiento de mis ojos. Un cromo.

Decidí dejarlo, porque estaba claro que no iba por buen camino.

Cuando bajé a cenar, Rafa me esperaba con la comida en la mesa. No recuerdo qué era, pero sé que le puse cara de asco. La misma que le había puesto a mi barriga, mis muslos y mis ojos.

Por puro desgaste, decidí ponerme una serie, lo más alejada posible de mi “problema”. Elegí Dexter. La primera temporada se centra en el “asesino del hielo”, un psicópata que drena a sus víctimas para luego descuartizarlas; después las deja en algún sito en el que vayan a encontrarlas, con las piezas dispuestas como si pertenecieran a un maniquí.

***

Al día siguiente, volví a repetir la misma ceremonia antes de cenar: me quité la ropa, me puse delante del espejo, hice constar en mis notas que la naranja, el flotador y el hundimiento seguían allí. Me quedé en ellos el tiempo suficiente para sentirme una mierda, asquerosa, gorda, celulítica… Pasado el ritual de bienvenida, me fui a mi pelo. Castaño, media melena. No me queda mal, salvo que no es ni liso, ni rizado, y no soy nada diestra en peinados, así que siempre lo llevo o suelto (raya en medio; la odio) o en coleta (frente al descubierto; lo odio).

No daba una. Me pregunté si habría alguna parte de mi cuerpo que me gustara. Me miré y respondí que no. 100% no había ninguna que cumpliera con los requisitos. Entonces se me ocurrió: mis manos, mis manos de pianista. Me gustan. No hubo comentarios. Ni siquiera el dedo corazón torcido de tanto escribir me molesta, es como un premio al trabajo de escritora.

De las manos, salté a la piel: blanca, casi transparente, tersa, apenas sin arrugas, con un color muy difícil de lograr y del que me siento orgullosa. Tampoco había inconvenientes.

Así que sí que había dos cosas que se salvaban: las manos y la piel.

Me miré al espejo y sonreí: “¿Y qué hago ahora?, ¿las separo del resto del cuerpo cuando quiera verme guapa?”.

Ahí, en ese momento, no me di cuenta, pero semanas después comprendí que la única forma con la que, por el momento, consigo verme con buenos ojos es como si fuera el maniquí del “asesino del hielo” que hace la competencia a Dexter en la primera temporada.

Si me imagino desmembrada (sin sangre, que no la soporto), aparto las piezas que no aguanto de mi cuerpo y me quedo con las que sí me gustan, entonces se me quita la mueca de asco y la sonrisa resplandece en el espejo.

Vómitos

Me imagino que muchos al leer el titulo os imaginaréis de qué va este texto. A lo mejor os estáis poniendo las manos en la cabeza o el corazón os ha dado un saltito (pequeño, conmigo todo tiene que ser pequeño) o tendréis en la cabeza la idea de que mejor no leerlo porque no es agradable que te describan cómo se mete uno los dedos hasta la garganta para vomitar. Y, no, supongo que no es agradable imaginarse a alguien a quien quieres haciendo esa barbaridad, a pesar de que mi cabeza siga sin asumir que la palabra “barbaridad” describa bien eso que he hecho durante los últimos dos años.

Supongo que es lo más llamativo: vomitar, digo. No comer es más… aséptico. No da tanto asco. También es una barbaridad, supongo.

Seis años de anorexia, dos de bulimia, un año de terapia, un intento de suicidio, ocho meses de antidepresivos y ansiolíticos, cinco de nutricionista… Y hasta ayer no descubrí por qué vomitaba y por qué lo echo tanto de menos. Diablos si lo echo en falta.

Era más fácil, todo era más fácil: iba al supermercado compraba kilos de dulces y salados prohibidos, que me comía como un perro engulle un trozo de carne cruda. Y, después, después venía lo mejor: el ritual. La satisfacción por lo que va a venir, el deseo de sentirlo de una vez, el ansía de vaciarlo todo, de sacarlo fuera. Me quitaba las gafas y el anillo, cogía el felpudo del baño y lo situaba enfrente del váter, para no hacerme daño en las rodillas, miraba con cautela el fondo de la taza y, entonces, los dedos… hasta que empezaban las arcadas. Dos, tres, cuatro, seis, las veces que hicieran falta para sentir mi estómago vacío. Y con cada arcada soltaba toda la mierda, la del estómago y la otra.

La que ahora se queda dentro y me deja sin armas porque ya no puedo vaciarme, porque me toca hacer un ejercicio de fe, a pesar de mi agnosticismo, y creer que obligarme a vomitar es una barbaridad. Pero con cada arcada, con cada devuelto caía al váter un “no vales para nada”, “eres invisible”, “eres inútil”, “no eres capaz ni de hacer lo más sencillo”, “¿escritora?, ¿tú? No me hagas reír”, “¿profesora?, ¿pero a quién intentas engañar?”, “¿diseñadora web? Por favor, ¿quién te va a tomar en serio?”. Y cuando tiraba de la cadena, todo eso se iba, y a mí solo me quedaba lavarme la cara y las manos, ponerme el anillo y las gafas y sentarme en el sofá a tiritar y a dormir, a no pensar más porque todo se había ido por la taza, todo estaba limpio.

Pero, ahora, ahora ya no hay taza del váter. Ya no me pongo de rodillas ni me meto los dedos en la garganta para dejar de escucharme, para soltar todo lo que me amarra a unas cadenas que aprietan tanto que no tengo espacio para respirar. No, ahora ya no tengo esa sensación maravillosa, la de sentir que se ha vaciado todo, que no queda nada dentro, la de que mi cabeza deje de funcionar y se ponga en stand by. Ahora toca enfrentarse a ello y buscar otra forma de sacarlo.

Y aquí estoy, usándoos de taza de váter, porque tengo que vomitar, de alguna forma tengo que vomitar todo esto porque todavía no sé qué se hace cuando una piensa que es una mierda, que no vale para nada, que no hay nada que haga bien y que sirva para algo, cuando una se siente tan pequeña que anda por las calles como si arrastrara una bola de hierro monstruosa agarrada a los pies por grilletes, cuando se sabe invisible al mundo, cuando sonríe y lo que quiere es gritar, gritar que se callen, que dejen de tratarme como si pudiera soportarlo, porque no lo soporto, no soporto ni una crítica, ni un desliz, ni un comentario, nada, no puedo con ello porque ahora no tengo donde soltarlo y porque una crítica bienintencionada se convierte en un “¿lo ves?, jamás conseguirás escribir nada que valga la pena”, porque un desliz sobre el color de mi ropa se transforma en un “no le gustas a nadie, no sabes vestirte, eres fea y gorda, todo te queda mal, no sabes siquiera conjuntarte y, si eso no lo sabes hacer, ¿cómo vas a ser una buena diseñadora?” y porque un comentario o un debate sobre qué es un género literario se convierten en dos días de lágrimas, de no querer salir de casa, de desear que la tierra me engulla porque nunca estaré a la altura de la tertulia de los miércoles, porque yo solo escribo morralla y las historias que tengo que contar son historias huecas que hablan de dragones y hadas… de ese mundo que me ha permitido vivir a pesar de los grilletes, pero que solo forma parte de mi mente perturbada.

Necesito vomitar, necesito una taza de váter y la única que conozco, además de la que está en mi cuarto de baño, es la escritura. Por eso nace este blog, para poder vomitar desde mi atalaya.

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